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HORAS DE PINTURA
Cuando me reúno con Néstor, ya sea en su estudio de Santa Cruz, ya sea en la tertulia de los jueves por la tarde/noche en el Callejón del Combate, terminamos filosofando sobre la pintura. Mejor, él termina filosofando sobre la pintura y yo me limito a escucharle o trato mentalmente de trasladar sus ideas a la literatura. Y son trasladables no sólo a la literatura sino a cualquier faceta de la vida con la que me proponga aplicarlas, con lo que creo que lo que dice Néstor es consustancial con el Arte con mayúscula. Dice cosas sencillas: habla de autenticidad/sinceridad, de técnica/oficio, de alma/emoción, de gloria frente a fama, conceptos de tan rico contenido que uno no tiene por menos que estar de acuerdo con él sin ningún tipo de reserva.
Estamos pasando ahora por una época en la que los hombres muerden a los perros: algunos profesores están asustados y temerosos ante las pretensiones de algunos de sus algunos; algunas emisoras de televisión, con tal de ser los primeros en la audiencia, emiten programas zafios y soeces con algunos falsos presentadores ramplones que creen que su éxito consiste en chillar cuanto más mejor; los políticos gobiernan al margen de los deseos de sus electores; es difícil y penoso ir por la calle porque desde cualquier parte puede venir un insulto, cuestiones que hacen que hoy se hayan perdido los valores ético/morales y que lo que priva es el oportunismo y el golpe de mano. Es una plaga bíblica que, quizá, el evangelista no llegó a soñar o, si la soñó, la escribió de manera tan indescifrable que no llegamos a vislumbrar cómo ni en dónde lo profetiza.
Frente a estas equívocas maneras están la constancia, la seriedad, el rigor y, en definitiva, la plenitud de los que se realizan con el trabajo bien hecho, de la teécnica aprendida y aprehendida, del oficio y de las horas, en resumen, de los que se entregan a una vocación. Y si esa vocación deriva hacia lo artístico, hacia aquello que se enfrenta con la nada, que nace de una idea, que recorre el arduo camino del esfuerzo y que culmina en la creación, esa plenitud roza lo divino, lo aristocrático.
Es el caso de Néstor. Aristotélica vocación, insisto. Lo primero de todo, el catón de las artes está en asimilar sus técnicas. En la pintura está el conocimiento de los materiales, tanto de los soportes en donde se plasman las ideas, como de los líquidos, las grasas, las pastas, los pinceles, las paletas; de los colores, las sombras, las luces, las distancias, los encuadres, y de tantas cosas que hacen falta años de estudio y dedicación para dominarlas. Se diría que el pintor juega con ello como un niño toca y palpa aquello que se muestra ante él y que lo conduce de lo visual a lo táctil, a lo tangible, a o manejable. Luego, en un segundo nivel, está el oficio: llenar papeles y lienzos, pintar cuadros de blanco para pintar encima de lo pintado; gastar cuadernos y cuadernos con dibujos de cabezas, pies, manos, nalgas, pelvis, senos, orejas, bocas… Cientos y cientos de copias y copias. Se diría que, al final, la mano va sola conducida por un nervio inmediato que une el cerebro con los dedos: la maestría. (El artista tiene a veces la sensación de que lo que ve – o lo que lee- no lo ha creado él. Goya señalaba, sorprendido, que sus manos veían a veces más que sus ojos). Y a la postre, ¡qué contraste!, hay que olvidar lo aprendido y aprehenderlo porque esto es sólo un vehículo. Lo fantástico y lo genial es saber/poder/llegar a pintar el alma.
Velázquez no es sólo Velázquez, dice Néstor en la tertulia de la tarde/noche de los jueves, por pintar maravillosamente una menina, un enano o un perro. No, no. Velázquez es también Velázquez – y sobre todo – porque ha pintado las almas de una menina, un enano y un perro, porque palpitan y laten en la tela, porque hablan, ven, escuchan y transmiten su mundo al mundo. No sólo hay que plasmar la carne de la pintura sino que, también, hay que trascender. Estoy de acuerdo con él, al final la técnica vale pero traspasar el cuadro con las almas de los personajes es un pago tan inmenso, tan emocionante y tan cercano a los dioses que se llega a la catarsis.
Lo dije antes: la catarsis aristotélica. Ese amasar y manosear los materiales, acariciar el lienzo, el olor a veces rancio a disolvente o a barniz que tanto tiempo ha costado reconocer, y sobre todo, el hacer y crear el alma de lo pintado, devuelve con creces al pintor el amor a su entrega incondicional al oficio, a las horas de pintura.
Sinesio Domínguez Suria
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